Egipto a la deriva

01/Jul/2013

El País, Que Pasa, Thomas L. Friedman

Egipto a la deriva

El País, Que PasaLo que Egipto necesita es una revolución. Pero ¿eso ya no había sucedido? Por lo visto, no. Ahora hay quien dice que la solución pasa por los ambientalistas. Capaz que tienen más suerte.
Por Thomas L. Friedman (*)
El martes 10 visité una panadería en el barrio pobre de Imbaba, en El Cairo, donde vi un jaleo de hombres, mujeres y niños que se empujaban para conseguir pan. Hay que llegar temprano, pues el panadero solo hace poco pan de pita subsidiado; el resto de la harina subsidiada por el gobierno lo vende en el mercado negro a panaderos privados que cobran cinco veces el precio oficial. No le queda alternativa, asegura, pues sus costos en combustible se fueron a las nubes. Es posible ver las bolsas de harina subsidiada cargadas en hombros para sacarlas por la puerta lateral. «Es el trabajo más difícil en Egipto», me dijo el panadero. Todo el mundo está enojado con él, especialmente quienes llegan temprano e igual se van sin su pan.
Éstos son días difíciles en Egipto. El país se está quedando sin divisas duras y ya no puede comprar toda la gasolina y el diesel que necesita para sus plantas de energía. En las gasolineras se forman largas colas, lo que empeora los embotellamientos de tráfico de El Cairo. Los cortes de electricidad son comunes. A la vuelta de la esquina de la panadería, en una calle sin pavimentar, un pequeño grupo de hombres había abierto dos alcantarillas, dejando expuesto un repugnante lodo negro que había subido casi al nivel de la calle. Los hombres estaban buscando por el agujero la causa del taponamiento con una varilla larga y delgada. Discutían la mejor manera de arreglar el problema. En el fondo, a través de una ventana abierta, los niños de una escuela coránica repetían alegremente los versos para su profesor.
Esto es Egipto en miniatura: tantos problemas acumulados a lo largo de tantos años que están a punto de desbordarse a las calles. Nadie se pone de acuerdo en lo que hay que hacer para solucionarlos y la única herramienta de que disponen parece un gancho de ropa enderezado de 10 metros de largo.
Encima, la que viene a aumentar las tensiones de Egipto es la Madre Naturaleza en persona. El clima, el agua, los alimentos y las presiones demográficas ahora se entretejen con presiones políticas y económicas en tal forma que pondrían a prueba al mejor de los dirigentes. Y Egipto está lejos de tener al mejor. El mes pasado, El Cairo vivió temperaturas de hasta 45 grados, siete grados por encima del promedio más alto.
Los titulares en El Cairo la semana pasada fueron sobre la construcción en Etiopía de la presa hidroeléctrica más grande de África, en el Nilo Azul, tributario del Nilo. Conforme se llene la reserva de la presa, es muy probable que se reduzca el abasto de agua a Egipto y esto se ha convertido en un tema de suma importancia. Egipto, advirtió, mantendrá «abiertas todas las opciones». Etiopía respondió desafiante.
Invadir Etiopía sería la única opción del presidente Morsi. Su gobierno es una enorme decepción para los egipcios. Muchos no islamistas lo votaron -fue la única manera en que pudo haber sido elegido- pues sentían que no podían votar por el candidato de los simpatizantes de Hosni Mubarak y porque creyeron en su promesa de que sería «incluyente». A estos no islamistas que favorecieron a Morsi aquí los llaman «exprimidores de limón», por una expresión egipcia: cuando alguien se ve obligado a hacer o comer algo desagradable, dice que primero le exprimió limón encima.
Al hablar ahora con estos exprimidores -liberales, conservadores y nacionalistas que conforman la oposición- se siente el odio palpable contra la Hermandad Musulmana y una fuerte sensación de despojo: un sentimiento generalizado de que la engañó a los exprimidores y a los pobres para que votaran por sus candidatos y que ahora no ha cumplido ni en arreglar al país ni en compartir el poder, sino que está ocupada tratando de imponer sus normas religiosas. Esta oposición ha montado una campaña nacional que juntó 10 millones de firmas hasta ahora, para pedir la renuncia de Morsi y la convocatoria a nuevas elecciones. El 30 de junio, la campaña tiene programada la celebración de una protesta contra Morsi a nivel nacional. Pero Morsi aún cuenta con el apoyo del medio rural, más tradicional, por lo que lacosa podría ponerse fea.
¿Qué hacer con este lío?
Para responder eso hice algo diferente en este viaje. No hablé con políticos: me concentré en el pequeño pero impresionante grupo de activistas ambientalistas, muchos participantes en el levantamiento contra Mubarak en 2011. Y me concentré allí porque pienso que, si bien quizá no sepan cómo arreglar Egipto (¿quién lo sabe?), sí saben lo que se necesita.
Egipto necesita una revolución.
Un momento, ¿no fue eso lo que ocurrió hace dos años? En realidad no. Ahora está claro que lo que sucedió hace dos años fue más un juego de la silla que una revolución. Primero el Ejército, aprovechando la energía de los protestantes de la plaza Tahrir encabezados por los jóvenes, depuso a Mubarak. Luego la Hermandad Musulmana hizo a un lado al Ejército y ahora la oposición trata de sacar a la Hermandad. Todo funciona de acuerdo a una máxima: el que gana se queda con todo.
Pero la verdad es que cualquier facción -los jóvenes, el Ejército, la Hermandad Musulmana- que piense que puede gobernar a Egipto sola y hacer desaparecer a las demás se engaña a sí misma. Ya que Egipto se encuentra en un atolladero muy hondo, y como las reformas necesarias son muy dolorosas, solo podrán llevarse a cabo si todos comparten la responsabilidad y el sentido de propiedad de la transición, a través de una coalición de unidad nacional. En ese sentido, los egipcios necesitan desesperadamente un «proceso de paz», no con Israel, sino consigo mismos.
Cada quien debe de asumir la responsabilidad por los recursos comunes y no solo tomarlos para sí mismo. Ésta es la verdadera revolución cultural que tiene que ocurrir para que reviva Egipto. Y ahí es donde los ambientalistas tienen una gran ventaja sobre los políticos, pues en lo único que piensan es en los recursos que deben compartirse. Los recursos comunes de Egipto -sus puentes, caminos, parques, arrecifes de coral- se están viniendo abajo.
Vine a observar las presiones ambientales que contribuyeron a la Primavera Árabe, para un documental para Showtime llamado Years of Living Dangerously. Viajamos a Marsa Alam, en el mar Rojo, con Ahmed El Droubi, activista de Greenpeace en Egipto, y Amr Ali, jefe de la Asociación Hurghada para la Protección y Conservación Ambientales (Hepca), un grupo conservacionista del mar Rojo, para ver cómo el exceso de construcción y de pesca, así como el aumento de la temperatura de las aguas han decolorado los espectaculares arrecifes de coral del mar Rojo. Mientras nos preparábamos para zambullirnos y ver arrecifes, Droubi trató de explicarme el problema central de Egipto hablando del tráfico de El Cairo, uno de los peores del mundo.
«El otro día», me dijo Droubi, «estaba parado en una intersección importante en el centro de El Cairo, donde confluyen dos calles de un solo sentido. Vi autos que iban en los dos sentidos en las dos calles de un solo sentido y otros estacionados en doble fila. Estaba viendo esto junto a un tendero que me dijo: `Esto es un desastre absoluto. Nadie tiene responsabilidad cívica. Solo les interesa llegar a donde van`».
Poco después, continuó Droubi, un auto que estaba estacionado enfrente de la tienda se fue y otro llegó a meterse en ese lugar. «Ese mismo tendero salió con una silla, la puso en el lugar del estacionamiento y le dijo al conductor que no bloqueara su tienda y que se fuera a estacionar en doble fila», dijo Droubi. «Así pues, el tendero vio el problema. Conocía las razones del problema y conocía su solución, pero no quería hacer su parte pues pensaba que los demás no hacían la suya. El resultado es que el tráfico empeora para todos. Hay que romper ese ciclo y demostrarle a la gente que si actúa por el bien común, sale beneficiado.»
Lo que ocurrió en las calles de El Cairo ocurrió en la costa del mar Rojo. Cada dueño de hotel veía por sus propios intereses, mientras el gobierno corrupto se hacía de la vista gorda. Algunos hoteleros, para aumentar su terreno o ganar playa, simplemente pusieron relleno en los arrecifes de coral frente a su costa. Las actividades marinas no estaban reguladas, lo que causó presiones en las zonas de descanso de los delfines, cuando trataban de dormir a salvo de los tiburones. Los pescadores explotaron la pesca en exceso, especialmente de tiburón, por su carne y sus aletas. Además, usaban dinamita y redes de malla, lo que acabó con los coloridos peces del arrecife junto con los meros que trataban de atrapar. En consecuencia, todo el ecosistema del arrecife se hizo menos resistente al calentamiento global.
«En 1997, uno de los años más cálidos del que hay registro, el blanqueado del coral fue un problema en todo el mundo», pero no en el mar Rojo, me dijo Ali. El blanqueado significa que las algas que le dan al coral sus colores y sus nutrientes, son expulsadas por el coral cuando se presiona determinado y se vuelve totalmente blanco. Pero en 2012, cuando la temperatura del agua del mar Rojo aumentó dos grados por arriba del promedio, precisó Ali, el coral murió «por todas partes», especialmente en las áreas de mayor turismo y explotación pesquera. Un coral saludable es esencial para el desove de los peces.
La comunidad de buzos fundó Hepca en 1992 para proteger los arrecifes. «Estos arrecifes de coral son la selva pluvial del ambiente marino», explicó Droubi. «Aquí hay 800 especies de coral y 1,200 especies de peces.» Todo esto requiere de un ecosistema saludable, empezando con el depredador alfa: el tiburón. Si matan muchos tiburones, sobrevivirán muchos depredadores intermedios, que van a comer a muchos de los peces herbívoros que mantienen saludable al coral al comerse los sustratos de algas y permitir que el coral se colonice. Un arrecife rico en herbívoros resiste más.
Pero por mucho tiempo, el gobierno local y los pescadores no estuvieron interesados y ciertamente no entendieron el efecto del calentamiento global en la región. Así que HEPCA los ayudó a entender el problema traduciéndolo a un lenguaje que pudieran entender. Calcularon que cada tiburón del mar Rojo genera unos 150.000 dólares al año en turismo (los turistas vienen a ver o a nadar con los tiburones) y vive unos 30 años, mientras que un tiburón al que matan por su carne y sus aletas para sopa produce 150 dólares una sola vez. Así pues, si todos trabajaban juntos, si el gobierno establecía leyes de uso de suelo para delimitar zonas donde se pudiera pescar, si los operadores del turismo de buceo las respetaban y si se le daba a Hepca la facultad de hacerlas cumplir con sus propias lanchas rápidas -la guardia costera egipcia no tiene lanchas- a todos los iría mejor.
Parece simple, pero aquí fue toda una revolución.
«El gobierno no estaba muy interesado en ayudar», afirma Droubi, «pero el gobierno local y los pescadores se dieron cuenta de que estaban perdiendo, así que todos se unieron para buscar una solución local»: la creación de áreas protegidas. «Todos se dieron cuenta de que tenían algún interés en este asunto», agregó; los ambientalistas por sus prioridades, el gobierno local quería la base de impuestos del turismo y la pesca, y las industrias del turismo y la pesca porque ése es su medio de subsistencia. Hasta ahora los resultados son promisorios.
No me hago muchas ilusiones, como tampoco se las hacen Droubi y Ali, de que sería posible llevar este razonamiento de los «recursos comunes» al nivel nacional, pero la falta de ese razonamiento es lo que aqueja a todos esos despertares árabes hoy, pues uno u otro grupo piensa que lo puede tener todo y muy pocos piensan en el bien común y en que éste tiene el potencial de hacer que las cosas le vayan mejor a todos. Siria es el caso más extremo de este padecimiento, pero Egipto, Libia, Túnez y Yemen enfrentan el mismo problema.
Lo que es diferente en Egipto, empero, es que está rebosante de jóvenes talentosos que saben que su país necesita un plan incluyente, a largo plazo y sustentable de renovación nacional. Y lo que también saben es que están equivocados aquellos que dicen que los árabes lo han probado todo -nasserismo, socialismo, comunismo, baathismo, liberalismo, islamismo- pero que nada les funciona. Hay un «ismo» que todavía no han probado: el ambientalismo. La única forma en que Egipto y otros países que han despertado puedan tener una democracia y una economía sustentables es elevar la ética ambiental al centro de su pensamiento político. Sin eso, las cosas seguirán siendo un «juego de la silla».
(*) The New York Times